El habitar del espacio: una mutación escénica

Por Julio César Hernández Cortes *

Hablar de habitar el espacio en el arte, es hablar de una posibilidad, una función significante e importante de, y para la creación, que nos hace vivir y nos transforma. El espacio no solo como algo físico, hablando meramente de la arquitectura, si no como un proveedor de experiencias en lo  sensorial, intelectual, emocional y racional; como la hibridación y el diálogo entre múltiples lenguajes y discursos.

Espacio para mí es: forma, color, sonido, armonía, ritmo, temperatura, texturas, niveles, frentes, direcciones, dimensiones , todo lo que le genera el movimiento. Como decía Laban: NO HAY ESPACIO SIN MOVIMIENTO Y MOVIMIENTO SIN ESPACIO. Construirlo, reconfigurarlo, es la constante desde la necesidad de cada artista, pero también desde la sensibilidad, con su reinterpretación, apropiación y exposición, se detona el surgimiento de las atmósferas creativas.

El espacio como un contenedor activo, o bien un espacio vacío como lo llama Peter Brook, es el eje fundamental de la búsqueda que despliega un diálogo distinto con cada obra, un instante efímero que genera la experiencia desde lo inusual, empujándonos a salir de lo convencional, rumbo a la aventura del reconocimiento, propiciando la interacción con el artista, la pieza y la comunidad, teniendo así una apropiación única, que da la noción de cierta identidad particular; detonando desde las necesidades creativas y expresivas, una práctica constante que propone un encuentro cada vez diferente, que estructura la obra desde el pensamiento, y re-formula el significado del espacio, para habitarlo con lo visible y lo invisible, encaminándolo a su reconfiguración.

Espacio, aquel sin fin de planos, dimensiones y alternativas que articulan el entorno, permeando al hecho creativo y evolutivo, hasta agotar lo que en sí mismo propone y proporciona, para evidenciar la existencia de la realidad.

Foto: Julio Hernández

Habitar o re-habitar el espacio, una constante de todo artista, desde su obra, su sentir y esa necesidad de ser y estar, re-significándolo a través de su apropiación y de las manera de percibirlo. Habitar, mutar, o un híbrido, una variación constante de todas y cada una de las características que lo conforman. Un re-hacer desde la creación y la acción con cada partícula del espacio, como cambio del entorno, como su expansión, una interpretación de nuevas formas e ideas, así como de instantes, generando más usos posibles que contribuyan a una potente conectividad con la obra, el artista y la comunidad, formulando una unidad.

El ADN del espacio nos permite transmutar, nos concede la congregación, comunicación, creación y participación activa en los procesos para habitarlo. Con un mapeo constante de su extensión, desarrollando un abordaje multidireccional de percepciones del acontecer artístico, nos sentirnos pertenecientes a este, desde los modos en el que lo configuramos, contraponemos y nos relacionamos con él.

Desde la creación, re-formular y re-significar el espacio, es una posibilidad de ser y estar, de tener un sentido de pertenencia hacia lo que en un primer momento es desconocido. El espacio habitado desde lo visual, lo corporal, lo imaginario, desde el objeto, desde el sujeto, desde las atmósferas y desde su uso cotidiano, es decir, desde la relación entre el espacio, la obra y las búsquedas de cada creador y de cada espectador, para generar una armonía como resultado de las posibilidades de los cuerpos físicos, visibles e invisibles desde las particularidades de cada lugar.

El espacio, sitio donde se puede realizar cualquier tipo de acción y/o experiencia, lográndola no solo desde lo que está afuera, sino desde el propio espacio, “el cuerpo”, propiciando su evolución a partir de la relación con los lenguajes específicos de la obra, partiendo de un discurso propio o ajeno, colocando al individuo, frente a sus signos y significados, develando la experiencia del ser y la existencia.

El espacio como el todo, o como el contenedor del todo. Un vínculo que mueve, que nos mueve, que nos hace transitar o que nos inmoviliza, como otra posibilidad del habitar y del estar. El espacio como aquel lienzo que nos permita la escritura del cuerpo, del sonido, del color, del tiempo. El espacio como partitura, registro de todo lo que habitamos, la materia prima de nuestro andar común, de nuestras diferentes complejidades. Al adueñarnos del espacio vacío, podemos desde la creación, hacer multitudes, abrir y expandir la acción. Al re-pensarlo, re-habitarlo y re-significarlo, podemos sensibilizarnos y descubrir lo más cercano a lo que necesitamos expresar, y así, sabiendo qué decir, trascenderlo, desde formas distintas, relacionándonos con los agentes que lo conforman, haciendo un ensayo y creando una convención desde nuestra propia concepción del espacio.

Foto: Julio Hernández

*Julio César Hernández Cortes es bailarín docente y coreógrafo de la Compañía Barro Rojo Arte Escénico, también docente del Centro Morelense de las Artes.

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