Hacer de la vida nuestra mejor obra. Recordando a Johana Segura

Este texto fue leído en 2017 durante la celebración del Día de la Danza en la Guarida del Coyote, SLP, México, cuyo festejo fue dedicado a Johana.

No tengo la menor certeza de esto que voy a decir, en realidad nadie lo sabe, pero me atrevo a preguntarlo pues nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo va a vivir. Sin embargo, quizá, hay personas que lo intuyen, algo en su interior les dice que tienen que vivir con intensidad, hacer eso para lo que vinieron al mundo y perder el menor tiempo posible.

Ahora yo les pregunto: si algo dentro suyo les dijera que solo vivirán 35 años, ¿cómo bailarían? ¿cómo sería su danza? ¿sería distinta a como la hacen ahora? ¿cómo abordarían el mundo? ¿cómo se relacionarían con la otra, con el otro?

Johana vivió sólo 35 años y tenía la mirada y el  impulso vital de quien, quizá, supo que tendría poco tiempo.

Esas cosas uno siempre las descubre tarde. Hasta entonces toman sentido los abrazos apretados que daba al saludar, abrazos llenos donde sentías una presencia, un alma y un estar contigo.

Johana vivió 35 años y ahora entiendo esa danza rabiosa, alegre y esperanzada en cambiar mundos, esa hambre de creación coreográfica, ese deseo amplio de compartir, de formar, de divulgar.

Johana vivió 35 años, suficientes para haber formado espectadores de danza en sus alumnos, esos que tanto adoraba, esos que no querían ser bailarines, esos que tenían que tomar su clase a fuerza con todos los prejuicios encima respecto a la danza, al bailar, a enfrentar y conocer su corporalidad, con los que tanto se divertía y le planteaban retos enormes. O esas alumnas de preescolar, cuyas mamás la denunciaron con los directivos por no pedirles zapatillas y tutú, y cuya respuesta de Jou era siempre: “aquí no venimos a formar princesas”.

Johana vivió solo 35 años, de los cuales 20 bailó o hizo algo con y para la danza sin buscar notoriedad, reflector o reconocimiento público.

35 años que pueden ser muchos para una carrera profesional o artística, pero pocos, muy pocos para ser madre o esposa o hija.

Sí, quizá algo dentro de ella le dijo algún día que tendría poco tiempo. Quizá por eso dejó trabajo y obra para dedicarse a sus hijos, a ser madre. Se comprometió a fondo en esa responsabilidad, en la crianza responsable, en jugar con ellos todo el tiempo y a toda hora, en defender su derecho a lactar públicamente, en vincularnos con otras madres y padres que querían criar de otra manera, con quienes marchamos muchas veces cargando a nuestros hijos, indignándonos y protestando por la desaparición de estudiantes y tantas causas que sobran en este pinche país. Johana daba siempre sus sesiones de danza porteo y nos ponía a bailar cargando a nuestros hijos. Ese era el ritual con que terminábamos las reuniones, los encuentros: bailar.

En ese empeño, creó obra donde cargaba a sus hijos. En la escuelita zapatista nació “Nos cubrimos el rostro para que nos vieran”, obra que bailaba con Dante en la espalda.

Función con el Colectivo Danza en Resistencia “Johana Segura”, en el barrio de la Merced, CDMX. Foto: Jorge Izquierdo

Johana, carajo, vivió sólo 35 años, tiempo en el que entendió y vivió todo políticamente: su danza, su maternidad, su trabajo, su empeño en despatriarcalizarme y, sobre todo, su enfermedad.

No tenía grandes discursos. Hablaba muy poco públicamente, pero en sus actos siempre había compromiso, solidaridad, indignación ante la injusticia, unas ganas locas de ayudar, de colaborar, un deseo enorme de cambiar el mundo.

35 años es tanto y tan poco. No alcanza para cambiar el mundo, pero sí los muchos mundos de quienes la rodeamos. Lo que pasa aquí es un ejemplo. No puedo dejar de preguntarme ¿por qué Alejandra (Mendoza) y Arturo (Garido) tendrían que ofrendarle este día, día de la danza?, ¿qué significó en ellos la vida de Jou para tener ese gesto invaluable? Obvio, no tengo la respuesta, pero sé que algo significó, que algo movió en ellos el encuentro con esta hermosa mujer que, además, era callada, no gustaba protagonizar ni estar enfrente.

Actos como el de hoy me muestran que hay vidas que tienen sentido, y que esto no es más que el reflejo de lo que creó y generó el vida.

Bailando con su hijo Rilke en el auditorio del Cideci-Unitierra, en Chiapas, en el marco del Comparte por la humanidad.

Johana construyó una carrera dancística fura de lo institucional, siempre en la independencia y a contracorriente. Formó parte de esa otra danza, la que no está en los grandes teatros, en los festivales, en las grandes compañías y que por ello, tienen poco “reconocimiento”, pero que acompaña y sostiene y es parte fundamental de la escena: formando bailarines, bailando, creando, difundiendo, etc. Aunque estén fuera de ese primer círculo y su nombre no esté presente. Ella, como muchas y muchos, construyó su proyecto de vida sin influencias, con un chingo de trabajo, empeño, necedad, por amor y convicción de lo que hacía, y con una claridad enorme de porqué, para qué y, sobre todo, para quién quería bailar y hacer obra. Así, hizo del pavimento su duela; de las marchas, su escenario; de las comunidades indígenas, su objetivo y guía; de la rabia y la observación crítica del mundo, su motor. Y no se confundan amigas, amigos: una carrera exitosa no es solamente bailar en  los grandes teatros, en Europa, con las compañías más reconocidas, hacer giras en muchas ciudades. Lo es también, sin duda, lo es. Pero una carrera exitosa es también tener claro para qué quieres bailar, para quién, cuál es el objetivo, qué puedes dejar a tu sociedad con lo que haces, los conocimientos específicos como bailarina o coreógrafa, ¿para qué y en qué le pueden servir a tu sociedad? Y actuar en consecuencia.

Bailar para dar, no para recibir. Vivir para dar, no para recibir. Tener claros tus objetivos éticos para vincularlos con tu arte. O bailar. Bailar porque sí. Con la gente que quieres y con quien tienes afinidad, aunque no sean bailarines o bailarinas profesionales. Bailar con y cuando se te dé la gana y para quien creas que lo necesitan.

Estoy seguro que para Johana, haber bailado para los zapatistas fue la cosa más hermosa y emotiva que pudo haber hecho, o bailar con sus hijos en las marchas contra los feminicidios. ¿qué tipo de éxito puede ser este? Bailar en una marcha con tus hijos. En el estándar, eso no hace currículum ni da reconocimiento, no te apoya para una beca, no te relaciona con la gente “importante”… ¿y qué chingados importa eso?

Bailemos y punto. El reconocimiento y el éxito no están afuera.

Mi Jou vivió solo 35 años, de los cuales, los últimos 14 estuvimos juntos. Por eso me queda más que claro que la danza fue su vida, y que su vida fue su mejor obra. Una obra y una vida enfocada en dar. Una vida, cuyo eje fue la danza, y cuyo centro fue la otra y el otro.

Para terminar, quiero recordar unas palabras que me dijo Irene Martínez el día que despedimos físicamente a Johana, mágico día que, por supuesto, estuvo lleno de danza como ella lo pidió. Ese día, platicando con Irene, ella me dijo, palabras más, palabras menos, que la muerte no es despedirse de tu cuerpo, dejarlo, sino que la muerte es el estancamiento. Y tiene toda la razón: estancarse es no moverse, llegar a la inmovilidad. Y sí: no moverte es morir, no cambiar. No propiciar cambio en los demás. En ese sentido, Johana sigue generando vida, sigue propiciando movimiento. Por eso, esta convocatoria que nos reúne es la mejor manera de homenajearla y homenajearnos, porque es un acto colectivo. Lo colectivo siempre tan presente en su vida. El que al bailar para alguien, recordando a ese alguien, trayéndola con  nuestros pasos, estamos bailando por nosotros también, estamos rompiendo ese estancamiento, poniendo muchos mundos a girar.

Hoy, aunque sea por un momento haremos, o estamos haciendo, que este mundo sea mejor. Estamos tocando la utopía.

Gracias Alejandra, gracias Arturo. Ahorita Jou está con nosotros feliz, descalza y lista para entrar al bailongo cuando los músicos dispongan.

Gracias por venir.

Presentando los libros de Fluir y Esto es un libro en el I Comparte por la humanidad, convocado por el EZLN, en Chiapas. Foto: Francisco Lion.
Fabián Guerrero

Editor y lector

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