¿Qué hacer como hombres ante el acoso y violencia en la danza?

Por Esteban E. Hernández

Introducción

En los últimos 5 años han aparecido nuevas olas de movimientos sociales, y una vez más la danza ha brillado por su ausencia; tal vez, más que ausencia, sea un accionar superficial y poco profundo frente a las necesidades reales que temas como estos requieren; como se dice en la danza: “puro hechizo”. Pretendemos que unas palabras, una función fuera del foro o una clase con alguna minoría son ya trabajo social, y que con esto basta para sentirnos satisfechos con nuestro propio sentido de justicia, o que por hacer “arte” ya somos entes politizados y politizadores de la sociedad, que resistimos a la maquinaria sistémica que nos oprime desde varios frentes y claramente no es así. Recordemos que cualquier ayuda ofrecida fuera de contexto no ayuda, esto quiere decir que si no entiendo las exigencias y movimientos, no sé cómo ayudar, y para entenderlas debo involucrarme en el contexto de las mismas. Esto quiere decir: IR ahí a donde la lucha sucede. La exigencia se construye y se confronta, ir a escuchar, a mirar, a comprender y a observar en silencio, para entonces saber cómo ser partícipes y dar un apoyo que realmente apoye y no sólo decore; que deje una huella duradera y sobre todo que podamos ser realmente sensibles a las situaciones ajenas. También es importante reconocer que muchas veces ayudar es solamente ser lo más consciente posible, y entender que “esa” que tanto me interesa NO ES MI LUCHA, ya que no pertenezco a este grupo de personas o no formo parte del sector de la sociedad afectado; puedo ser solidario desde mi lugar y si soy un factor parte de la problemática, intentar modificar mi rol en esta situación; tener muy claro que hay partes de estas luchas que no puedo entender y, en caso de formar parte, si no me informo y escucho antes, no podré apoyar desde un lugar pertinente o necesario.

Difícil de aceptar para quienes aprendemos en las escuelas, el gremio y la sociedad, que escuchar y alimentar al ego es el camino a la realización personal, ego disfrazado de humildad, por supuesto, lo que sea que esto signifique. Por esta razón es que veo a la comunidad de la danza, tibia en sus acciones reales y concretas por una transformación social. Seha quedado corta. Corta en su opinión como comunidad y más corta que nunca en sus acciones frente al tema del género y las violencias dentro de nuestros espacios, debido a que la relación es superficial, ficticia o nula con los problemas de la sociedad, y de paso esto explica las salas y teatros vacíos de gente que no sea familia o de la danza, tenemos una danza incapaz de relacionarse con su población.

Hay varias perspectivas que me gustaría abordar, todas relacionadas con la figura del hombre dentro de nuestro gremio. No pretendo hacer un análisis filosófico, sino referirme lo más concretamente posible a la experiencia, imagino, compartida por muchos de nosotros, refiriéndome a cosas que sabemos, hemos vivido y sobre todo hemos hecho.

Coyuntura de hombres en la danza

Este texto responde a una necesidad mía desde hace casi 3 años, y lo he postergado por la duda e inseguridad respecto a nuevos temas, morales, éticos y profesionales que han aparecido sobre la mesa en el gremio de las artes escénicas, especialmente en la danza, en torno al hecho de ser hombres en lugares de poder, maestros, profesores, coreógrafos, directores. Y la responsabilidad que esto implica de reconocer errores, abusos, hábitos terribles que violentan, cosifican y usan otros cuerpos comenzando por el de las compañeras.  

Comencemos a hacernos responsables de las consecuencias, intentemos resarcir el daño y dejemos de ocupar espacios para los que a todas luces no estamos capacitados

El hombre docente en la danza

Comencé mi formación a los 13 años en la ENDCC, posteriormente a los 17 en la Ollin y por último, a los 19 cursé 4 años en la ADM, tuve muchos docentes y pocos maestros.

En todas las escuelas por las que pasé, siempre escuché comentarios de mis compañeras, sobre otras o ellas mismas en los que eran invitadas a salir por docentes y en muchos casos sostener una relación con ellos. Uno podría pensar “chismes” o “eso no me incumbe, es personal”, y bueno, mucho menos cuestionar a la compañera o al docente, ya que generalmente estos docentes son “cuates” del alumnado y para algunas compañeras, que el profe se interese en ellas, podría representar una especie de “orgullo”. Uno justifica desde la ingenuidad algo que esconde una situación de abuso y normaliza algo que nunca debió ser normalizado. Sin embargo, la preocupación aparece cuando al pasar los años y con estas nuevas perspectivas sobre la mesa (nuevas para mí, pero ya con varias décadas de profundidad e investigación) la situación se vuelve recurrente en los espacios de aprendizaje. Cuando se omite que esta “relación personal” es un ejercicio de poder vertical que los docentes ejercen sobre las estudiantes, respaldados por su lugar frente a ellas, donde la diferencia de edad, generalmente más de 7 u 8 años, y hasta 20 (un promedio de 18 a 22 años en edad de las compañeras). La experiencia en los temas en los que ambos están interesados (la danza), donde la alumna admira al docente, además de su lugar socialmente asignado y la búsqueda del reconocimiento, el interés o “amor” que se inculca a las mujeres desde la niñez por la sociedad, son el terreno donde la “relación personal” crece, en un terreno totalmente desigual y dentro de una estructura de poder que únicamente respalda al docente en caso de ser expuesta la situación.

Pero para poder analizar mejor, habrá que pensar también en el mundo de las personas involucradas y el lugar que ocupan, en este caso el que me concierne es el hombre docente, pues de las compañeras no me atrevería a decir nada ya que, no soy mujer y claramente no soy quien podría explicar la experiencia que implica ser seducido por un maestro. No hablaré de aquello que algunas amigas y compañeras cercanas me han confiado, pero lo que sí puedo decir es que la gran mayoría de ellas dicen que fue algo abusivo, disparejo y muchas veces violento, pero que la dificultad que representa reconocer la manipulación bajo estas circunstancias (edad, lugar y género) dificulta percibir estas situaciones y poder decir basta frente a ellas. También, la mayoría ahora siente miedo a decir algo o a tomar medidas al respecto, pues muchas veces lo que más pesa es la culpa de haber dicho que sí (un consentimiento a medias, pues no se explicita la verdad en las conductas de estos docentes a las compañeras antes de comenzar la relación), más la constante revictimización social y de la comunidad universitaria, directivos, administrativos, docentes y estudiantes.

También es necesario mencionar que muchas veces en las escuelas de danza la comunidad está conformada también por adolecentes, donde el acoso muchas veces no distingue género; si bien todos sabemos que es más frecuente el asedio sobre la mujer, también los adolescentes se ven expuestos a otros hombres que les asedian y manipulan, habrá algunos otros pocos casos de maestras a alumnos, pero son realmente pocos proporcionalmente.

Respecto a la figura del docente, comienzo con algunas preguntas que me parecen pertinentes para entender el asunto desde una perspectiva profesional, ¿No es la función del docente transmitir conocimiento? ¿No es desde su lugar como docente, más importante cumplir con esta transmisión que saciar sus propios deseos personales? ¿Acaso los deseos personales del docente no tendrían que ser precisamente transmitir y guiar el proceso de aprendizaje (por esto son docentes)? ¿El docente no debería tener claro aquello que dificulta y problematiza innecesariamente esta transmisión?

Ante varias de estas preguntas he recibido comúnmente esta respuestas, “también somos humanos”, “también cometemos errores”, “también tenemos sentimientos” y por supuesto no puede faltar, “la relación humana se da”… La verdad me revuelve un poco el estómago escuchar estos argumentos, pues si bien es verdad que en la danza trabajamos con mucho contenido sensible y nacen, se reconocen estímulos, impulsos y sensaciones que pueden ser intensas, usar todas estas experiencias que son absolutamente necesarias en el desarrollo artístico en pos de justificar conductas deplorables, repercute con una gravedad muy profunda tanto en quienes reciben el daño directo como en quienes observan como futuros docentes.

 En este texto no se habla de aquellas personas que se han enamorado profundamente de alguien, y en cuya situación no han podido ser profesionales en su quehacer cumpliendo con su lugar siendo responsables al mismo, decidiendo comenzar una relación aun con todas las asimetrías que una situación como esta implica. Hablamos claramente de aquellos personajes en nuestro gremio que dentro de todas la escuelas, públicas y privadas, a todos los niveles (profesional, preprofesional e incluso niveles donde las compañeras son aun adolecentes), que cada año recurren a su lugar de poder para entablar relaciones “amistosas” o “profesionales” que casualmente siempre acaban en sexo y/o una relación con una o más alumnas al mismo tiempo e incluso varias durante el mismo año. Ellos son quienes recurren a estas respuestas o justificaciones al ser confrontados. Por supuesto, el modo en que la situación acontece tiene su propia lógica para no ser señalados en conjunto, sino individualmente y así encarar el asunto que ellos gestan y propician como casos aislados. Las alumnas, generalmente de diferentes grados, siempre son mantenidas en el anonimato y claramente fuera de la escuela, a escondidas, porque estos docentes a diferencia de las estudiantes, sí dimensionan la problemática, cuando menos de manera instintivita y bajo argumentos como “somos adultos”, “somos gente madura”, “mejor mantengamos esto fuera de la escuela, por el trabajo”; pensando que sólo con ser “honestos” y decir que “no es algo formal” es suficiente para deslindarse de su responsabilidad docente, humana y afectiva (un rasgo común de abuso es la falta de responsabilidad afectiva con quienes nos relacionamos). Por supuesto, omitiendo que están haciendo lo mismo con otras tantas mujeres y así año con año, nuevas compañeras entran en esta dinámica en la que fortuitamente estos “docentes” sienten una “conexión” y un “entendimiento nuevo y grandioso” y que en acciones va situando como “únicas, diferentes o más maduras que sus demás compañeras” (aislamiento), “es que tú sí me entiendes”, y de esta manera poco a poco o de inmediato, la amistad encontrada por “fortuna” termina en encuentros sexuales muy maduros y adultos, pero siempre escondidos. Esto es un acecho y un abuso del lugar de poder, no una casualidad. Que quede claro, necesitamos llamar a las cosas por su nombre para poder mirarlas y hacer algo al respecto.

Sería grandioso que la planta docente fuera así de cuidadosa para construir estrategias cognitivas para sus clases…

Son ellos quienes usan esta estructura de poder de manera consciente o inconsciente, pero en cualquiera de los casos con la claridad absoluta de que lo que hacen es un abuso y es ejecutado desde su lugar de poder. Otra parte terrible es que al ser señalados por la comunidad o alguna estudiante (de las pocas que se animan) estas personas gozan de una “conveniente inocencia”, y por supuesto toda la estructura escolar, social e institucional que los respaldará para oprimir y silenciar a quienes lo señalen, seguramente dejarán a la denunciante aislada en la escuela, violentada e incómoda de ver cómo las autoridades competentes no hacen nada para resolver el problema, cómo la planta docente y administrativa la cita sola para atemorizarla difusamente; quedará segregada por sus mismos compañeros y compañeras porque generalmente el maestro es “amigo” o bajo el argumento de que “ella decidió”, o simplemente un “no es mi pedo”… una situación lamentable desde todas las perspectivas.

Y pues no. Sí es nuestro pedo. No es un problema únicamente personal cuando la situación es propiciada por la estructura y silenciada por la misma; cuando todos y todas sabemos qué pasa y nadie apoya o denuncia, cuando el gremio se hace de la vista gorda para no tener “problemas” y conservar una buena calificación institucional o seguir siendo candidatos para una beca o entrar a una compañía. Creo que nuestros valores están un poco desubicados. Ante esto sería importante preguntar ¿Existe un protocolo claro y accesible para la denuncia, atención y seguimiento del acoso sexual dentro de las escuelas del INBA? ¿No sería indispensable tener cuando menos un protocolo interno de parte de las autoridades que conocen por experiencia propia este problema?

Los problemas ya existen y existirán hasta que los resolvamos, hasta que hablemos de ellos con claridad y sin miedo, hasta que señalemos a estas personas para que se detengan, y todos y todas sepamos de quiénes tenemos que cuidarnos o con quién relacionarnos con límites claros. Estos individuos han demostrado con los años que tienen otras prioridades en su profesión, que superan con creces su interés como docentes, bailarines o directores.

No se trata de una cacería de brujas, se trata de darnos cuenta de que ellos no van areconocer ni encarar su actitud, porque no lo han hecho en décadas y cuando han sido señalados se esconden tras su buena imagen o aceptación social; no olvidemos que apelar a la calidad moral de los opresores nunca ha liberado a nadie, sobre todo cuando nunca ha habido consecuencias, tenemos que blindarnos y cuidarnos como comunidad.

Analizando la relación entre el docente que comienza a compartir su conocimiento y la gente que no tiene más referencia que este primer encuentro con él, aparece indudablemente y a todas luces un ejercicio de poder ligado al hecho de ser hombre/docente en un espacio de formación dancística, que aísla, objetualiza y violenta a las compañeras de manera difusa pero totalmente directa, entorpeciendo el proceso de aprendizaje, respaldado por un poder otorgado por la institución y la sociedad, abusando de una admiración muchas veces genuina, de la estudiante hacia el docente.

Después de todo esto surge un pregunta fundamental, ¿pero si se ha denunciado, por qué sigue pasando?, y esto se responde con lo siguiente. ¡¡Las autoridades lo saben!! En la mayoría de los casos, incluso llegan a tener evidencias. ¿Por qué no hacen nada?, Doscosas: también lo han hecho y no les parece algo relevante. ¿No son ellos los garantes de que el proceso cognitivo sea óptimo y primordial? Habrá que preguntárselos.

Por otro lado, hay una estructura dada en la sociedad que lo fomenta y lo replica en las escuelas; estas prácticas se conocen y se permiten, validando la cofradía de los hombres en la que esta actitud es motivo de orgullo de unos hombres frente a otros. La impunidad es lo que permite la repetición, lo cual justifica estas agresiones contra las compañeras. Pero eso sí, frente a ellas siempre somos dignos de confianza y honradez.

Lo que me hace pensar así esta situación, es ese modus operandi antes expuesto cuya estructura se repite y solo cambia de forma (buena práctica en esto tenemos los bailarines); y ojo que por ahí en la definición de “depredador sexual” las características de aislar, convencer, manipular a una o varias personas y luego victimizarse son el eje de la explicación y son denunciables en diferentes instancias legales… bueno, este modus operandi aparece ¡en todos los espacios de formación del país! Cambian los nombres, los personajes, las víctimas pero se suscita bajo las mismas circunstancias. ¿Quién no ha escuchado las historias de los maestros del noroeste, el CNA, la ADM, etc.? Docentes que año con año repiten esta misma estructura con mujeres que no conocen esta situación y entran a estas escuelas confiando en la comunidad. Y entre la comunidad que bueno que se ligue… entre compañeros, compañeras y compañeres, es parte del proceso también de desarrollo humano que es parte de la formación, por supuesto sin engañar, dañar, ni abusar.

Lastimosamente, esta situación de abuso docente se repite desde hace tantos años que también es parte de lo que aprendemos directa e indirectamente los hombres que nos formamos en las escuelas de danza; que la impunidad es normal, que el acoso es cortejo y que cuando seamos maestros o en su defecto “famosos” bailarines (como muchos compañeros), esta actitud sexualizadora hacia las mujeres es parte de nuestras prestaciones de oficio y que todo quedará en silencio porque somos buena onda y nos recargaremos en la estructura que nos protege por el simple hecho de ser hombres.

El objetivo de este texto es llamar a la conciencia de nuestros actos como hombres, y sobre todo como docentes, a la par de reconocer concretamente las situaciones de las que formamos parte con nuestro silencio o de manera directa, para así caminar en una dirección que nos ayude a dejar de abusar y detener a quienes abusen, en la dimensiones en las que lo hacemos.

Fotos tomadas de la obra “En tercera persona”, de Francisco Córdova.

1 Comment

  1. Completamente de acuerdo.
    Esta práctica del abuso, debe terminar y castigarse a los abusadores…ya basta !!!

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